Narrativa Personal: Eres una Immigrante

May 6, 2008 at 1:53 pm Leave a comment

Gabriela Chabolla/Adelante staff
Volume II, Issue 3 (Crossing Borders)

Así que has llegado a los Estados Unidos, tú, estudiante de universidad, mexicana clase mediera con cuatro maletas de ropa y hasta la chiflazón de tus libros. Te instalaste hace un par de días en el cuarto que compartirás con una Texana nativa, y ahora caminas con un grupo de conocidos recientes. Se detienen todos en el corredor de tu dormitorio (un edificio con agua potable y aire acondicionado, por supuesto; es tu primer encuentro con la necesidad de cargar con suéter a todas partes cuando la temperatura exterior está a 32 grados Celsius -error, 90 grados Fahrenheit- o enfrentar la posibilidad de enfermarte. Adiós, noches de ventanas abiertas y picaduras de mosquitos…).

Conocerás gente nueva. Un desconocido se aproximará y las introducciones necesarias serán hechas. Sonreirás, tomarás la mano extendida y besarás la mejilla de la persona. Serán necesarias un par de ocasiones similares hasta que te des cuenta del segundo de desconcierto que pasa por la cara del nuevo conocido cuando tu cara se acerca más de lo culturalmente apropiado a la suya. Entonces te pegarás en la frente y, a partir de entonces, te mantendrás a la distancia de un apretón de manos.

Volverás a tu cuarto, con tu roomie; conocer a su novio no será más que cuestión de tiempo. Aprovecharás el pacto silencioso entre las personas compartiendo un espacio pequeño (“Yo no veo de la mitad para allá, y tú no ves de la mitad para acá”) para observar disimuladamente a las dos personas riendo y demás del otro lado, esperando a que llegue el momento en que el sujeto tome sus llaves, diga, “¡Bueno…!” y se marche. Pero conforme las horas pasan y el momento no llega, te vas amoldando a la idea, y a la hora de apagar las luces, las tres respiraciones del cuarto harán que repases en la mente la reacción de madres y de señoritas de sociedad en casa, conjurando santos, las buenas costumbres y la decencia.

Adquirirás el útil pero increíblemente sucio talento de hacerte la que entiende lo que se dice cuando lo que escuchas es más parecido a un garabato auditivo que otra cosa. Serán necesarios un par de meses antes de que tu lengua deje de atorarse en el paladar y tus oídos se abran a las sílabas del sur americano.

Descubrirás que platillos familiares como el queso, el burrito y el pico de gallo retienen su significante original en los menús, con una “u” que se cuela al final cuando se lee en voz alta. Te preguntarás a dónde se fueron las “e” en “Guadalupe” y “Río Grande”.

La limonada cambia de tonalidad de este lado de la frontera; la que ordenas es amarilla y no verde. Curiosamente, lima y limón se traducen al inglés en formas inesperadas.

En conversaciones, te quedarás viendo en cuanto las referencias culturales salgan a flote. ¿Cuándo habías escuchado tú acerca de SNL, Dave Chapelle, Bob Dylan? Dónde quedaron los Looney Toones, el Chavo del Ocho, los tazos, los hielocos?

Te acostumbrarás a ver a las personas comprar medio litro de nieve y comérsela de una sola sentada, pero de alguna forma no podrás llegar a tolerar los comerciales de medicina. Tal vez es el hecho de que la misma voz que clama por una vida feliz y saludable previene al público acerca de reacciones desagradables como vómitos y palpitaciones en los mismos tonos aterciopelados.
Pero esas son las cosas concretas, cosas que puedes ver y que ocasionalmente te hacen reír.

Conforme tu estancia aquí se alarga, una dimensión de memorias se extiende hasta cubrir y enmarañarse con tu presencia aquí. Casi olvidas el polvo, los harapos que cubrían brazos cafés, el olor de los autobuses, la multitud de gente con elotes, chamoys, raspados, fritos, buñuelos y churros, los domingos en la plaza, las puertas abiertas al calor del mediodía tras el invierno y las bugambilias que decoraban tu ciudad. En las gasolinerías, no ves más que la sombra de dos hombres en trajes sucios color café, llenando tanques de 200, 300 pesos bajo el letrero verde, blanco y rojo del monopólico Pemex.

En las calles (infinitamente diferentes por los detalles; el desorden de los cables eléctricos, la cantidad de letreros polvorientos en el cielo, los millones de papelitos y envases de refrescos en la calle dan las últimas pinceladas a la calle mexicana) no se ven más chicas en jeans y tacones, cara maquillada y cabello rigurosamente en su lugar, sino que hay una frecuencia de cabello largo (las estéticas al otro lado de la frontera cobrando alrededor de un quinto de lo se acostumbra por aquí).
Diez por ciento, quince por ciento.

Te has integrado. No tienes que trabajar. No tienes siquiera que preocuparte por los detalles de immigración (¿mencioné que eras privilegiada?); ya casi ni tienes que multiplicar todo por 10.50 en las tiendas.

Pero no puedes negar el motivo que te trajo aquí. El tejido es ciertamente más firme, y todo está a unos centímetros (oops, pulgadas) sobre del piso, por decirlo. Te ha envuelto un sentido de seguridad que no tenías antes. No existen abstracciones aquí; las reglas son las reglas, y no hay agujeros por los que uno se pueda escurrir.

Los botones en los autobuses, la ausencia del sudor (a excepción del intencional, en gimnasios acondicionados), la posición acolchonada e inmediata de las cosas por aquí hacen que lo recuerdes menos seguido de lo que podrías. Es sólo cuando ves un marecito de lap tops en los cafés y piensas en el modesto Sanborns, con sus meseras disfrazadas y las viejitas que aún retienen la costumbre de ir a tomar el café con sus amigas, o cuando te das cuenta de que no hay piedras con las cuales tropezarte en el centro, que extrañas un poco la idea de México, algún polvo que le ponen a la comida, o la impresión de una inmediacidad entre las personas.

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Patrolling the border with agent Doty Personal Narrative: You are an immigrant

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